viernes, 5 de julio de 2013

Pause

     
      Qué gusto da cuando la vida te pone delante la oportunidad de devolver favores, la oportunidad de DAR... Después de este año viajando por el mundo y encontrando gente que me ha ido regalando encuentros, gente que me ha abierto su hogar y me ha cuidado, escuchado, alimentado, me ha enseñado su ciudad y me ha dado mucho más, recibo a mis contactos de Finlandia en su rápida visita por Madrid. Ahora voy descubriendo qué otras cosas he aprendido sin haberme dado cuenta, cosas que no son evaluables a priori pero que de repente, salen. Siento la necesidad de devolver a la vida, pero ni siquiera eso es fácil ya que puedes resultar abrumadora cuando quieres dar demasiado ¿hasta dónde llevas tu actitud servicial? Pues hasta donde necesite la otra persona, ni más ni menos. Ahora me considero una buena anfitriona que sabe atender y cuidar a sus invitadas e invitados y hacerles la visita más cómoda y bonita. ¡Pena que solo han estado un par de días!
       Ya han llegado las vacaciones de verano, ya han cerrado las escuelas y también me toca a mí parar. Miro todo lo que me ha dado esta experiencia y pienso ¡Madre mía, qué suerte tengo! (¿verdad, Manuelita?) Y con lo que soy ahora, después de tanto aprendido, de las reflexiones, de los encuentros (y también de algún desencuentro), de esperas en aeropuertos y tiempos muertos reveladores, miro a la infancia con unos ojos más convencidos de cuál es mi papel como docente y cómo todo ha ido cobrando sentido.
       Esa convicción acerca de lo que yo podía ofrecer a los niños y niñas comenzó hace ya un par de años mientras se cuajaba en mí la idea de viajar por el mundo visitando escuelas. Fue a raíz de ir viendo cómo crecían, como personas, mis alumnas y alumnos a medida que yo les ofrecía más libertad en diferentes momentos de las jornadas lectivas que tan poca libertad ofrecen normalmente. Libertad de expresión, en las asambleas (y otros muchos momentos) en las que podían expresarse sin encontrar un juicio adulto que condicione el qué decir, un espacio de respeto que favorece que cada cual se escuche a sí mismo para saber qué piensa sobre algo en lo que nunca antes había reflexionado. Libertad de aprendizaje, cuando les dejaba tiempos para investigar lo que quisieran utilizando los materiales que necesitaran (y eso que el hecho de que en ese rato tuvieran que investigar ya les está restando libertad). Libertad de acción en cosas que dependen de ellos/as, como ir al servicio ¡por dios! que hasta para eso necesitan autorización, o usar la excusa del servicio para dejar de oír un rato la explicación de la profe y salir a darse un mini paseo por el pasillo. Esta actitud mía era algo contagiosa al resto de momentos en los que se supone que una debe ser más directiva y controladora, y por lo tanto se acabó generando un clima de confianza, respeto y bienestar en el aula del que disfrutamos todos y todas.
   
      El mensaje que reciben los niños/as cuando respetas y favoreces su libertad es CONFÍO EN TI y LO QUE HAGAS, ESTÁ BIEN (porque si no está bien, habrá consecuencias naturales que te muestren el camino correcto), y eso les lleva a asumir la responsabilidad de sus propios actos. Pero, si se les dice todo el tiempo qué hacer, cómo hacerlo y cuándo (rara vez se les explica el por qué o para qué hacerlo) ¿cómo van a experimentar el sentido de la responsabilidad? No lo van a entender ni lo van a aprender, por lo tanto no lo van a ejercer porque, como ocurre con los aprendizajes, los que se meten a la fuerza, no calan (a veces sí, pero para mal), sólo perduran de forma sana los que han sido encontrados, buscados o deseados y que tienen un sentido para el aprendiz. El sentido de responsabilidad es fundamental en la vida, es lo que nos conecta con nuestro interior, con saber quiénes somos y por qué hacemos cada cosa que hacemos. Y lo peor de todo es que, como la mayoría hemos pasado por lo mismo, no somos capaces de verlo en nosotros, pero sí lo proyectamos en los demás, y nos permitimos juzgar a niños, niñas y sobretodo adolescentes (y también a mayores pero ese, de momento, no es mi campo) diciendo "es un o una irresponsable", ¡pues claro! ¿qué esperamos?

     
           La guía del I Ching (1), muy sabiamente, dice:
"Si le decimos a la gente lo que tiene que hacer, entonces seguirán la forma y no el contenido de las cosas, concentrarán su atención en adaptarse a las apariencias y no a lo que es correcto y esencial. Debemos dejar que la gente se equivoque hasta que agote el entusiasmo que los llevó a extraviarse. Sólo cuando realmente necesiten ayuda, buscarán la instrucción con la actitud de un niño sin pretensiones... Cuando adquirimos una mente abierta como la de un niño, con seguridad obtenemos ayuda para entender los secretos del mundo interno, a través de los cuales podremos ser guiados"
       Ahora el reto está en seguir apostando por respetar esas mentes infantiles abiertas, sin destruir lo más bonito que tienen los niños/as y que de mayores es muy difícil recuperar. ¿Será que les tenemos envidia? Una vez más, me pregunto ¿nos da miedo que nos superen, con lo peques que son? ¿en qué nos pueden superar que tanto miedo de? ¿en seguridad? ¿en autoestima? ¿en alegría? ¿en tener las cosas claras?... Claro, un poco de miedo sí da. Pero el miedo es de cada uno/a y es nuestra responsabilidad transformarlo y no usarlo en contra de las joyas humanas que tiene esta vida ¿O no?

         El caso es que yo he tenido la suerte de ver en mis alumnas y alumnos el efecto, inmediato y a largo plazo, que les supuso experimentar la libertad y la confianza que yo, como adulto de referencia, deposité en ellos/as en los pocos momentos que pudimos salirnos del guión y en el ambiente que eso generó. No puedo explicar con calificativos conocidos cómo era la luz que salía de cada uno/a ni el tipo de personas en las que se iban transformando, pero sí puedo explicar cuánto aprendí de ellos/as, cuánto aprendí con ellos/as y cómo pude también relajarme más en mi trabajo y disfrutar de soltar el control. Claro que, en medio de ese disfrute, otra vez a poner deberes, exámenes y notas de esas que te dicen que sólo eres "suficiente" y tienes que espabilar, o que eres "excelente" y que no te puedes relajar.

       Y, aunque creo que ya os lo he contado, fue básicamente eso lo que me llevó a conocer espacios educativos que permiten a los niños y niñas SER, y así comprobar con mis propios ojos que esa convicción acerca de lo que necesitan, tenía una forma de materializarse.

        No es tan difícil confiar en los niños y niñas, de hecho, es precioso pero primero hay que confiar en una misma, reconciliarse con las experiencias de cuando fuimos niñas/os y desarrollar una actitud servicial que, al menos en sus procesos educativos, les transmita que estamos aquí para hacérselo más fácil, sin abrumarles, sin juzgarles y sin condicionarles.

         Yo ahora doy al PAUSE a mis viajes y visitas pero me quedo aquí contándoos mis reflexiones acerca de la educación mientras sigo yo, viendo como crece este nuevo Dragón.

                                                                     ¡Feliz verano!

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- (1) Guía del I Ching. Carol K. Anthony
- Foto: "El árbol de los besos" del jardín de El Dragón, decorado por Papermoon.


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias Carla por el blog, es un regalo! Me ha enriquecido mucho (y por tanto, espero que a mis hijas también). He disfrutado mucho leyendo todas las experiencias en cada escuela. Ojalá llegue algo así a la escuela pública algún día. Susana

Laura dijo...

La "luz" que salía de tus alumnos el curso pasado era el sentirse queridos y respetados, por su profe y por sus compañeros. El sentirse "grupo". La energía que desprendían era muy especial.
Mi hija me decía: "Mamá, solamente saber que me aceptaban tal y como soy me hacía sentir tan feliz que el trabajo de clase se volvía facilísimo y lo hacía con muchas ganas. Si este año (en el instituto) hubiera podido sentirme así, levantarme cada mañana para ir a clase, hacer todos esos deberes, estudiar todas esas cosas (muchas de las cuales no me interesaban)... todo habría sido distinto, porque
mis amigos y Carla, hacían que yo sintiera que podía hacer cualquier cosa, incluso las que más me cuestan."
Y de repente, incluso el tener que ceñirse a una programación, el que todos tengan que hacer lo mismo, a la misma hora, y de la misma manera, cobra un sentido completamente distinto si atendemos a esta primera necesidad que todos tenemos:sentirnos a gusto con nosotros mismos y con nuestro entorno.

Laura

Carla Martín Serrano de Pablo dijo...

Susana, muchas gracias por tu comentario!!! Ojalá!!

Laura, escucho a tu hija en tus palabras...Ya me habría gustado haberla acompañado en sus andanzas por el instituto...muchas gracias por tu comentario.

A.L.M. dijo...

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