Mostrando entradas con la etiqueta Francesco Tonucci. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francesco Tonucci. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Los malditos deberes


La Montaña Roja


      Siempre que la visito me pasa. No es enorme, no es imponente pero tiene algo especial y es que está justo donde tiene que estar. La Montaña Roja, esa hermosura hecha de lava que se tiñe con la luz del atardecer, me conmueve de una manera especial, me conecta conmigo, me reflejo en ella y me hace sentir que estoy donde tengo estar. Qué pocas veces sentimos eso de saber que estamos donde debemos ¿no? Qué pocas veces nuestro deseo coincide con lo que estamos haciendo; y diréis “claro, es que es imposible tener siempre lo que deseamos”. Yo no me refiero a deseos puntuales como cuando estás agotada de trabajar y dices, mi deseo es irme al Caribe una semana (o dos) a desconectar, o cuando no te salen las cosas como quieres y piensas en dejarlo todo. No, me refiero a cuando estás haciendo con tu vida lo que debes hacer, y lo sabes. Lo sabes porque lo sientes en tus entrañas y en tu corazón, lo sabes porque has luchado por ello, y lo sabes porque la vida y la fortuna te han acompañado para que puedas hacerlo (que no es poco).

     Qué difícil es estar donde tienes que estar.

     Y me pregunto yo ¿en qué momento una deja de ser quien es para ser lo que los demás quieren que sea? ¿En qué momento se pierde esa autenticidad que te mantiene “conectada”? ¿Será desde siempre así, ya que mamá y papá deciden por nosotros desde que nacemos? ¿Será en la adolescencia, que es cuando perdemos cierta inocencia? ¿Será cuando la obligación de ganarnos la vida nos hace coger “cualquier” trabajo y en él nos enquistamos? ¿En qué momento una deja de ser quien es para ser lo que los demás quieren que sea? No lo sé, probablemente cada persona lo pueda identificar en algún momento de su historia (si es que se acuerda).
       Me gusta observar a los niños cuando me cuestiono este tipo de cosas. Yo creo que la mayoría de los niños y niñas son ell@s mismos; siempre que no se les haya cortado ese flujo de conexión,  están conectados con la vida, con las personas, con los animales y la naturaleza; están conectados con sus intereses y saben qué quieren hacer, saben a qué quieren jugar y saben qué quieren aprender. No digo con esto que haya que dejarles hacer todo lo que quieran ¡cuidado! Ahí tienen que estar los adultos responsables poniendo límites, diseñando el “espacio” por el que se pueden mover los peques sin caerse al vacío: poniendo suelos, muros y puertas para dejarles muy clarito que solo ahí se pueden mover libremente (¡y cómo lo agradecen!). La libertad requiere de muchos límites a los cuales el niño/a se agarra para poder desarrollar su propia responsabilidad.
     
     ¿Qué pasa con el espacio escolar? Lo mismo. Cuanto más claros estén los límites, mejor sabrán desenvolverse los niños y niñas. Y es cada colegio el que decide cuántos límites poner y en qué sentido. Y, aunque suene contradictorio, cuanta más libertad se quiera dar, más límites debe haber.
       Ya sabéis que yo apuesto por una educación en la que la elección de aprendizajes sea libre; puede haber mayor o menor oferta de clases y talleres, pero es fundamental respetar los deseos y ritmos de cada persona y no ejercer ninguna presión negativa (considero que presionar a un niño que ha abandonado un proyecto al encontrar una dificultad para avanzar, y explicarle que no debe dejarlo a medias, sería una presión positiva).

Cuando hay libertad se aprende con pasión, pasión irrefrenable que te hace querer saber más y más de lo que a veces incluso ya sabes. No es raro ver a niños/as que salen de una escuela libre y quieren seguir aprendiendo de aquello que han escuchado ese día o de algo que han descubierto jugando con sus amigos y amigas. Algunos/as dedican gran parte de la tarde a seguir aprendiendo. "Papá ¿puedo ver ese documental de dinosaurios?", "mamá ¿podemos ir a la biblio a sacar un libro de minerales?", "Carla ¿me puedes dar hojas para hacer sumas en casa?" etc.
    ¿En casa? ¡Quieren seguir haciendo cosas en casa! ¿Y nadie les ha obligado?…aquí pasa algo raro.

        Ya sabéis por dónde voy ¿no? Los deberes, sí, ese monstruo que aterra a niños, niñas, madres y padres, con los que parece que nadie está de acuerdo pero que siguen teniendo un gran protagonismo en la mayoría de colegios y de casas. Creo que la existencia de deberes (la palabra implica ya obligatoriedad, si no me equivoco) es una muestra clarísima de la enfermedad del sistema educativo.
        Tenemos que obligar (bajo amenaza) a niños y niñas a que hagan unas tareas, los deberes, porque si no...¡No los harían! ¿Por qué? Porque antes que eso ya les tenemos
que obligar para que aprendan, para que aprendan un montón de cosas porque sí, porque así lo dice un guión en el cual ni han participado, ni les suele interesar demasiado. Tan poco les interesa, que tenemos que enseñarles los mismos contenidos año tras año a lo largo de la Primaria para asegurar que algo les queda. Qué pena ¿no?
          No solo les hacemos daño con esa obligación sino que mientras tanto, les mantenemos alejados de su verdadero interés a la fuerza, ejerciendo una autoridad que no tienen más remedio que soportar.  

        Si los niños y niñas amaran lo que aprenden, aprenderían de verdad, de forma continuada y con naturalidad: cuando acompañan a la compra, cuando cocinan, cuando ayudan, cuando juegan, etc… y no habría tanta división entre lo que hacen en el cole y lo que hacen en casa. En casa tienen que disfrutar con sus cosas y su familia, y en el cole tienen que disfrutar aprendiendo y conviviendo. La casa es la familia, es la atención, es el amor y es lo que quieran ser. No tenemos ningún derecho como docentes a meternos durante ese horario en las casas y hacer a las familias cómplices de algo en lo que no creen: hacer que su hijo o hija pase 2 ó 3 horas trabajando en casa después de las 8 horas que ya estuvo trabajando en la escuela.
                 

        ¿Habéis visto este estupendo vídeo de 3 minutos? Conviene verlo dos veces porque la segunda, como ya sabes el final, lo ves de otra manera. Me pone los pelos de punta: "Experimento sobre horarios laborales"   

         Para mí, los deberes son el instrumento que los docentes usamos para que los niños y niñas aprendan y memoricen lo que en clase no se ha podido explicar bien o no se ha conseguido hacer llegar a los 25 ó 30 estudiantes que supuestamente nos escuchan, puesto que es imposible tener la atención del grupo completo, y no todos escuchan entendiendo de la misma manera. Son el instrumento que remarca la absurdez que supone hacerles aprender en una pizarra o un libro de texto lo que tienen al alcance de la mano y deberían manipular durante horas, antes de llevarlo al papel. Pero como eso no es posible en el formato actual, hay que triplicar el tiempo que deben pasar delante de un papel (sufriendo en muchos casos) para que entiendan algo que podrían entender en 15 minutos (disfrutando siempre). ¡Qué le vamos a hacer!

         Pues algo hay que hacer y es urgente. Deberíamos buscar un término medio, a día de hoy, mientras llega el cambio, la tan esperada revolución educativa. Como de momento no se van a hacer libres todas las escuelas (aunque muchas se van adaptando poco a poco a los cambios), ni los niños y niñas van a llegar a casa de repente deseando hacer tareas, yo propondría a los docentes alguna mejora en torno al tema de los deberes en cuestión: 
       Se podría dejar al final de clase un tiempo para practicar lo explicado, aprovechando el trabajo cooperativo entre compañer@s de tal forma que, el que domine el tema, o lo haya entendido claramente, eche una mano a quien tenga alguna dificultad. Además de ese tiempo de clase en el que el docente está presente, siempre se pueden ofrecer actividades complementarias para hacer en casa, si se quiere, con la intención de que puedan ponerse a prueba a sí mismos, y no por tener que rendir cuentas a nadie. Puede haber un blog del colegio donde estén estas actividades y enlaces a juegos interactivos, como ya hacen muchos coles. Lo perfecto sería que hubiera un sistema de autocorrección de dichas actividades para que el/la profe no tuviera que corregir a diario, y tal vez que ofreciera un ratito al día (o a la semana) para recibir, a modo de tutoría, a quien deseara revisar sus tareas.
        También puede haber compañeros/as de clase que quieran ayudar a otros/as en esta línea y deseen dedicar tiempo de patio, por ejemplo, o fuera del cole (incluso vía skype) a acompañar a niños que lo necesiten.
       Creo que lo que es verdaderamente importante es que el estudiante (da igual la edad) se pueda comprometer y desee aprender, y el docente ofrezca instrumentos para que sus alumnos puedan alcanzar los objetivos. Así estarían todos más contentos ¡seguro! Internet ofrece un montón de recursos para aprender cualquier cosa, tanto para alumnos/as de primaria como de secundaria. Espacios como Khan Academy o Coursera, así como muchos blogs de colegios e institutos, ofrecen vídeos explicativos y actividades para aprender prácticamente todos los contenidos del currículo.

      Querid@s compañeras y compañeros docentes, tenemos una enorme responsabilidad nosotros y nosotras, los que estamos día a día al pie del cañón, los que miramos a los niños y niñas cada día a la cara y les obligamos a hacer más de lo que deben, los que a veces, sin querer, les humillamos porque no han traído el trabajo hecho de casa cuando no tenemos ni idea de lo que puede estar pasando en su casa, y los que deberíamos hacerles creer en ell@s mism@s y mantener despiertas sus ganas de aprender. 

      Me declaro totalmente en contra de los deberes tal y como los sufrimos tod@s a día de hoy y más aún con el déficit tan preocupante que hay de JUEGO. Somos muchas las personas que nos lo estamos tomando en serio y debemos seguir pensando con creatividad cómo seguir mejorando y colaborando con el gran cambio, pero tal vez, de momento y para aquell@s que les cuestan los cambios, pequeñas ideas para ir introduciendo mejoras sirven de guía para ir superando el miedo.

       Querida Montaña Roja, gracias por todo lo que me das, tú si que estás donde tienes que estar, y yo... Yo sé que estoy dónde tengo que estar cuando puedo acabar el día nadando en el mar.

       Querido Francesco Tonucci, gracias por la dura realidad que eres capaz de dibujar con tantísima dulzura y amor. Tú sí que sabes mirar y escuchar a esos seres bajitos que tanto nos necesitan. 




viernes, 5 de julio de 2013

Pause

     
      Qué gusto da cuando la vida te pone delante la oportunidad de devolver favores, la oportunidad de DAR... Después de este año viajando por el mundo y encontrando gente que me ha ido regalando encuentros, gente que me ha abierto su hogar y me ha cuidado, escuchado, alimentado, me ha enseñado su ciudad y me ha dado mucho más, recibo a mis contactos de Finlandia en su rápida visita por Madrid. Ahora voy descubriendo qué otras cosas he aprendido sin haberme dado cuenta, cosas que no son evaluables a priori pero que de repente, salen. Siento la necesidad de devolver a la vida, pero ni siquiera eso es fácil ya que puedes resultar abrumadora cuando quieres dar demasiado ¿hasta dónde llevas tu actitud servicial? Pues hasta donde necesite la otra persona, ni más ni menos. Ahora me considero una buena anfitriona que sabe atender y cuidar a sus invitadas e invitados y hacerles la visita más cómoda y bonita. ¡Pena que solo han estado un par de días!
       Ya han llegado las vacaciones de verano, ya han cerrado las escuelas y también me toca a mí parar. Miro todo lo que me ha dado esta experiencia y pienso ¡Madre mía, qué suerte tengo! (¿verdad, Manuelita?) Y con lo que soy ahora, después de tanto aprendido, de las reflexiones, de los encuentros (y también de algún desencuentro), de esperas en aeropuertos y tiempos muertos reveladores, miro a la infancia con unos ojos más convencidos de cuál es mi papel como docente y cómo todo ha ido cobrando sentido.
       Esa convicción acerca de lo que yo podía ofrecer a los niños y niñas comenzó hace ya un par de años mientras se cuajaba en mí la idea de viajar por el mundo visitando escuelas. Fue a raíz de ir viendo cómo crecían, como personas, mis alumnas y alumnos a medida que yo les ofrecía más libertad en diferentes momentos de las jornadas lectivas que tan poca libertad ofrecen normalmente. Libertad de expresión, en las asambleas (y otros muchos momentos) en las que podían expresarse sin encontrar un juicio adulto que condicione el qué decir, un espacio de respeto que favorece que cada cual se escuche a sí mismo para saber qué piensa sobre algo en lo que nunca antes había reflexionado. Libertad de aprendizaje, cuando les dejaba tiempos para investigar lo que quisieran utilizando los materiales que necesitaran (y eso que el hecho de que en ese rato tuvieran que investigar ya les está restando libertad). Libertad de acción en cosas que dependen de ellos/as, como ir al servicio ¡por dios! que hasta para eso necesitan autorización, o usar la excusa del servicio para dejar de oír un rato la explicación de la profe y salir a darse un mini paseo por el pasillo. Esta actitud mía era algo contagiosa al resto de momentos en los que se supone que una debe ser más directiva y controladora, y por lo tanto se acabó generando un clima de confianza, respeto y bienestar en el aula del que disfrutamos todos y todas.
   
      El mensaje que reciben los niños/as cuando respetas y favoreces su libertad es CONFÍO EN TI y LO QUE HAGAS, ESTÁ BIEN (porque si no está bien, habrá consecuencias naturales que te muestren el camino correcto), y eso les lleva a asumir la responsabilidad de sus propios actos. Pero, si se les dice todo el tiempo qué hacer, cómo hacerlo y cuándo (rara vez se les explica el por qué o para qué hacerlo) ¿cómo van a experimentar el sentido de la responsabilidad? No lo van a entender ni lo van a aprender, por lo tanto no lo van a ejercer porque, como ocurre con los aprendizajes, los que se meten a la fuerza, no calan (a veces sí, pero para mal), sólo perduran de forma sana los que han sido encontrados, buscados o deseados y que tienen un sentido para el aprendiz. El sentido de responsabilidad es fundamental en la vida, es lo que nos conecta con nuestro interior, con saber quiénes somos y por qué hacemos cada cosa que hacemos. Y lo peor de todo es que, como la mayoría hemos pasado por lo mismo, no somos capaces de verlo en nosotros, pero sí lo proyectamos en los demás, y nos permitimos juzgar a niños, niñas y sobretodo adolescentes (y también a mayores pero ese, de momento, no es mi campo) diciendo "es un o una irresponsable", ¡pues claro! ¿qué esperamos?

     
           La guía del I Ching (1), muy sabiamente, dice:
"Si le decimos a la gente lo que tiene que hacer, entonces seguirán la forma y no el contenido de las cosas, concentrarán su atención en adaptarse a las apariencias y no a lo que es correcto y esencial. Debemos dejar que la gente se equivoque hasta que agote el entusiasmo que los llevó a extraviarse. Sólo cuando realmente necesiten ayuda, buscarán la instrucción con la actitud de un niño sin pretensiones... Cuando adquirimos una mente abierta como la de un niño, con seguridad obtenemos ayuda para entender los secretos del mundo interno, a través de los cuales podremos ser guiados"
       Ahora el reto está en seguir apostando por respetar esas mentes infantiles abiertas, sin destruir lo más bonito que tienen los niños/as y que de mayores es muy difícil recuperar. ¿Será que les tenemos envidia? Una vez más, me pregunto ¿nos da miedo que nos superen, con lo peques que son? ¿en qué nos pueden superar que tanto miedo de? ¿en seguridad? ¿en autoestima? ¿en alegría? ¿en tener las cosas claras?... Claro, un poco de miedo sí da. Pero el miedo es de cada uno/a y es nuestra responsabilidad transformarlo y no usarlo en contra de las joyas humanas que tiene esta vida ¿O no?

         El caso es que yo he tenido la suerte de ver en mis alumnas y alumnos el efecto, inmediato y a largo plazo, que les supuso experimentar la libertad y la confianza que yo, como adulto de referencia, deposité en ellos/as en los pocos momentos que pudimos salirnos del guión y en el ambiente que eso generó. No puedo explicar con calificativos conocidos cómo era la luz que salía de cada uno/a ni el tipo de personas en las que se iban transformando, pero sí puedo explicar cuánto aprendí de ellos/as, cuánto aprendí con ellos/as y cómo pude también relajarme más en mi trabajo y disfrutar de soltar el control. Claro que, en medio de ese disfrute, otra vez a poner deberes, exámenes y notas de esas que te dicen que sólo eres "suficiente" y tienes que espabilar, o que eres "excelente" y que no te puedes relajar.

       Y, aunque creo que ya os lo he contado, fue básicamente eso lo que me llevó a conocer espacios educativos que permiten a los niños y niñas SER, y así comprobar con mis propios ojos que esa convicción acerca de lo que necesitan, tenía una forma de materializarse.

        No es tan difícil confiar en los niños y niñas, de hecho, es precioso pero primero hay que confiar en una misma, reconciliarse con las experiencias de cuando fuimos niñas/os y desarrollar una actitud servicial que, al menos en sus procesos educativos, les transmita que estamos aquí para hacérselo más fácil, sin abrumarles, sin juzgarles y sin condicionarles.

         Yo ahora doy al PAUSE a mis viajes y visitas pero me quedo aquí contándoos mis reflexiones acerca de la educación mientras sigo yo, viendo como crece este nuevo Dragón.

                                                                     ¡Feliz verano!

-------------------------------------------------------------------------------------

- (1) Guía del I Ching. Carol K. Anthony
- Foto: "El árbol de los besos" del jardín de El Dragón, decorado por Papermoon.


sábado, 22 de junio de 2013

..........Se aprende más jugando que estudiando........



“Los niños aprenden mucho más jugando que estudiando, haciendo que
mirando. El juego que hacen solos sin el control de los adultos es
la forma cultural más alta que toca un niño. Los niños que han podido
jugar bien y durante mucho tiempo serán adultos mejores”

“El juego da recursos para la vida. Todas las crisis de la juventud
se gestan en la primera infancia”

“Hoy educar significa pedir a los niños que dejen de
comportarse como niños y lo hagan como adultos”

“Los pequeños pasan sus días frente a adultos instructores, les es difícil
hacer cosas raras. Así se va alimentando una necesidad de riesgo
acumulada que expresará con su primera moto y en las salidas nocturnas”

“Los pequeños no quieren estar recluidos en su habitación para jugar, ni
en ludotecas, ni en todos esos espacios que construimos para que estén
controlados. Lo que hace un niño controlado por un adulto es distinto
de lo que hace solo. Los niños necesitan espacios donde, dentro de
un clima de control social, ellos puedan hacen lo que quieran:
pisar el césped, subirse a los árboles y jugar con las lagartijas”
Francesco Tonucci


      Este pensador, psicopedagogo y dibujante italiano tiene clarísimo desde hace tiempo quiénes son los niños y las niñas, les sabe VER y RECONOCER y por eso reclama lo que necesitan, porque él tiene la suerte de ser escuchado (porque es adulto, claro) pero los "peques" no tienen ni voz ni voto en nuestra sociedad.
Ay...si les escucháramos más ¡todos/as seríamos más felices!

Os animo a leer la entrevista completa que le hacen y a ver el vídeo con sus ilustraciones que tanto hemos utilizado en la defensa de la Educación de calidad: